Una parte del “glamoroso mundo” de la planificación urbana no ha resistido opinar con relativo escepticismo sobre el reciente plebiscito realizado en Vitacura. Se quejan acerca que la gente está siendo irracional, principalmente porque la información era precaria o inexistente.
Uno de los que ha dejado en claro su opinión es Pablo Allard, en su cada vez más mediática columna de opinión en La Tercera (algo así como el rey de la farándula en este glamoroso mundo).
Bueno, esta opinión parte de una primera premisa falsa: que en alguna parte del mundo (desarrollado) la gente sabe y entiende sobre qué está votando.
Hay mucha gente que elige estar desinformada, la democracia debe lidiar constantemente con eso y ganarse el interés de los ciudadanos, el ser humano tiene la misma naturaleza aquí y en Alemania, la única diferencia es que allá lo han entendido antes y toman precauciones para la desidia y la anomia social, que abunda en todos los continentes.
Si restringimos la votación a las situaciones en que la gente está informada y entendida, lo más probable es que sólo terminemos votando en los reality shows.
Entonces, una moción de no-ingenuidad: este argumento suele hacer eco en aquellos que creen saber lo que la gente votaría de estar informada. En otras palabras, creen que la gente ....si realmente estuviera informada.., votaría como ellos.
Un urbanismo que no toma en cuenta la opinión de quiénes van a sufrir las consecuencias, es simplemente inmoral. Frase de Yona Friedmann, algo añeja a estas alturas, pero enorme (¿habrá sabido medio siglo atrás algo sobre Chaitén?).
Las votaciones se realizan por motivos relevantes, y son universales por motivos aún más importantes. En ningún caso porque todos los votos estén igual de fundamentados, sabemos que hay quienes votan por las razones más arbitrarias, así como (contrariamente) hay quienes les gustaría dejar un pequeño ensayo adjunto a la papeleta y que se leyera como bando militar en cada esquina. La incómoda verdad es que, pese a los ríos de tinta destinados a esta temática, está ampliamente demostrado que ambos pueden tener la razón.
La comunidad no puede simplemente dejar “en mano de los entendidos” las decisiones importantes (como amablemente, paternalmente nos sugiere Allard), porque estaría cediendo un trozo de su competencia. Si la sociedad sigue cediendo trozos, al final se encontrará arrinconada, sin nada relevante que decidir (sin contar la posibilidad de que sencillamente los entendidos no entiendan mucho... ¿alguien se imagina la hecatombe urbana de haber dado carta blanca a alguien como Le Corbusier?).
Segunda premisa falsa: que a uno le incumbe solamente lo que sucede en su esquina.
Recuerdo una conferencia de Félix de Amesti (arquitecto fundador de la omnipresente URBE) en la que defendía ardorosamente la idea de que los vecinos deberían opinar por lo que sucede en su cuadra, evitando meterse en otros problemas. Esto parte de una premisa tan simple como aterradora: sólo existen problemas individuales, no existen los problemas comunes en la ciudad. En rigor, no existe lo común (¿comunidad... qué es eso?).
¿Qué sucede con las carreteras urbanas, entonces, que atraviesan barrios y comunas? ¿debieran cambiar de nombre, trazado y perfil en cada esquina?
Esta atomización de la opinión ciudadana es una enfermedad, un mal social y hay que tratarla como tal, como una peste, no como un bien a buscar y menos a valorizar por parte de profesionales con relevancia pública.
Así, un ciudadano medio no debería preocuparse, entonces, por una plaza cívica, ya que nunca han sido pensadas para pasear al perrito de la casa... ¿Quién es el ciudadano de una carretera, de una plaza de armas, de una avenida? ¿no somos todos? ¿o los autos ya alcanzaron la categoría de ciudadanos y están ejerciendo sus derechos?
¿Es la ciudad, entonces, una suma de propiedades particulares, donde cada uno opina por su parcela?
Bueno, esta postura es conveniente para quienes ya poseen una pequeña parcela de agrado en el Olimpo, pero para el resto de los mortales, resulta poco grato.
La verdad, puede que al opinar sobre cuestiones de gran tamaño se pierda exactitud, certeza y puede efectivamente que se opine con cierta pequeñez. De hecho, es bastante probable que la decisión de la gente de Vitacura sea insensata... la verdad es que quieren vivir en un poblado que ya no existe y le están haciendo un apetitoso favor a los especuladores. Pero resulta que los mismos genes de la democracia tienen impreso esa capacidad de cometer insensateces... de otra forma deberíamos colocar en las votaciones para presidente la siguiente leyenda:
"Vote por su candidato, a menos que su elección sea estúpida"
Uno de los que ha dejado en claro su opinión es Pablo Allard, en su cada vez más mediática columna de opinión en La Tercera (algo así como el rey de la farándula en este glamoroso mundo).
Bueno, esta opinión parte de una primera premisa falsa: que en alguna parte del mundo (desarrollado) la gente sabe y entiende sobre qué está votando.
Hay mucha gente que elige estar desinformada, la democracia debe lidiar constantemente con eso y ganarse el interés de los ciudadanos, el ser humano tiene la misma naturaleza aquí y en Alemania, la única diferencia es que allá lo han entendido antes y toman precauciones para la desidia y la anomia social, que abunda en todos los continentes.
Si restringimos la votación a las situaciones en que la gente está informada y entendida, lo más probable es que sólo terminemos votando en los reality shows.
Entonces, una moción de no-ingenuidad: este argumento suele hacer eco en aquellos que creen saber lo que la gente votaría de estar informada. En otras palabras, creen que la gente ....si realmente estuviera informada.., votaría como ellos.
Un urbanismo que no toma en cuenta la opinión de quiénes van a sufrir las consecuencias, es simplemente inmoral. Frase de Yona Friedmann, algo añeja a estas alturas, pero enorme (¿habrá sabido medio siglo atrás algo sobre Chaitén?).
Las votaciones se realizan por motivos relevantes, y son universales por motivos aún más importantes. En ningún caso porque todos los votos estén igual de fundamentados, sabemos que hay quienes votan por las razones más arbitrarias, así como (contrariamente) hay quienes les gustaría dejar un pequeño ensayo adjunto a la papeleta y que se leyera como bando militar en cada esquina. La incómoda verdad es que, pese a los ríos de tinta destinados a esta temática, está ampliamente demostrado que ambos pueden tener la razón.
La comunidad no puede simplemente dejar “en mano de los entendidos” las decisiones importantes (como amablemente, paternalmente nos sugiere Allard), porque estaría cediendo un trozo de su competencia. Si la sociedad sigue cediendo trozos, al final se encontrará arrinconada, sin nada relevante que decidir (sin contar la posibilidad de que sencillamente los entendidos no entiendan mucho... ¿alguien se imagina la hecatombe urbana de haber dado carta blanca a alguien como Le Corbusier?).
Segunda premisa falsa: que a uno le incumbe solamente lo que sucede en su esquina.
Recuerdo una conferencia de Félix de Amesti (arquitecto fundador de la omnipresente URBE) en la que defendía ardorosamente la idea de que los vecinos deberían opinar por lo que sucede en su cuadra, evitando meterse en otros problemas. Esto parte de una premisa tan simple como aterradora: sólo existen problemas individuales, no existen los problemas comunes en la ciudad. En rigor, no existe lo común (¿comunidad... qué es eso?).
¿Qué sucede con las carreteras urbanas, entonces, que atraviesan barrios y comunas? ¿debieran cambiar de nombre, trazado y perfil en cada esquina?
Esta atomización de la opinión ciudadana es una enfermedad, un mal social y hay que tratarla como tal, como una peste, no como un bien a buscar y menos a valorizar por parte de profesionales con relevancia pública.
Así, un ciudadano medio no debería preocuparse, entonces, por una plaza cívica, ya que nunca han sido pensadas para pasear al perrito de la casa... ¿Quién es el ciudadano de una carretera, de una plaza de armas, de una avenida? ¿no somos todos? ¿o los autos ya alcanzaron la categoría de ciudadanos y están ejerciendo sus derechos?
¿Es la ciudad, entonces, una suma de propiedades particulares, donde cada uno opina por su parcela?
Bueno, esta postura es conveniente para quienes ya poseen una pequeña parcela de agrado en el Olimpo, pero para el resto de los mortales, resulta poco grato.
La verdad, puede que al opinar sobre cuestiones de gran tamaño se pierda exactitud, certeza y puede efectivamente que se opine con cierta pequeñez. De hecho, es bastante probable que la decisión de la gente de Vitacura sea insensata... la verdad es que quieren vivir en un poblado que ya no existe y le están haciendo un apetitoso favor a los especuladores. Pero resulta que los mismos genes de la democracia tienen impreso esa capacidad de cometer insensateces... de otra forma deberíamos colocar en las votaciones para presidente la siguiente leyenda:
"Vote por su candidato, a menos que su elección sea estúpida"