La Bienal de Arquitectura es de esos eventos grandiosos en los cuales se celebra aquella delicada y compleja relación entre arte, oficio y habilidad para adaptarse con sabiduría al lugar.
Bueno, tomando esto en cuenta, una de las mayores novedades de la reciente Bienal fue enterarme de lo bien que vive la gente tanto en el extremo norte como en el extremo sur.
O sea, de partida... ¡viven en hoteles!, de tal forma que podemos asegurar -con cierto orgullo nacionalista- que en Chile hasta en los lugares más recónditos se subsiste con plena comodidad, nunca lejos de un spa o de un sitio para arrendar una mountain bike. Eso hay que promocionarlo como un valor-país, tomando en cuenta que hasta en el patio de la "señora Juanita" podríamos perfectamente encontrarnos con una llama o un puma (un chupacabras, incluso).
Es una pequeña muestra en el ámbito de la arquitectura del chilean way of life, como le dicen.
También me llamó profundamente la atención lo agradable que es Santiago, con casas en la cordillera y vecinos que apenas se divisan detrás de setos o arboledas, a salvo de miradas indiscretas o siquiera de saber de su existencia, qué más querría uno. Muy lejos de todo aquello que muestran las noticias con transantiago y todo, para qué decir con respecto a todos esos barrios que hay que recorrer para llegar a la misma bienal. Mejor ni hablar de eso.
En resumen, la gente común y corriente cada vez vive menos en las ciudades y opta por construirse amplias casas en hormigón a la vista a media cordillera, lejos de toda esa sucia, desordenada y ruidosa selva de gente sudorosa y de malos modales. Eso es precisamente lo que han sabido interpretar los arquitectos seleccionados en la muestra, con su exquisita sensibilidad, proyectando edificios limpios y sin malos modales. Mucha urbanidad, poco urbanismo. Esto se puede apreciar en las fotos con bastante claridad, porque también se han preocupado de tener la deferencia (muy agradecida) de sacar a cualquier atisbo de gente fuera del ámbito de la cámara, asi que tenemos -felizmente- perspectivas donde podemos apreciar lo único que importa: la fachada en sí misma, la obra en su magnificencia. La gente llegará después, siempre a ensuciar el diáfano lienzo que nos esforzamos tanto en pintar.
Qué pena que ya no se estile colocar el nombre del arquitecto en las fachadas, así podríamos darle un toque de humanidad a esto, aunque no es que se eche de menos, para qué andamos con cuentos.
La única sensación que me queda es de cierta incomodidad de vivir en una realidad bastante lejana a lo que se muestra en la bienal, esto de sentirse marginal nunca es fácil, en particular cuando uno está tan lejos de esa realidad real que se muestra en los stands.

Bueno, no se puede negar que la nueva arquitectura es bastante higiénica...
Bueno, tomando esto en cuenta, una de las mayores novedades de la reciente Bienal fue enterarme de lo bien que vive la gente tanto en el extremo norte como en el extremo sur.
O sea, de partida... ¡viven en hoteles!, de tal forma que podemos asegurar -con cierto orgullo nacionalista- que en Chile hasta en los lugares más recónditos se subsiste con plena comodidad, nunca lejos de un spa o de un sitio para arrendar una mountain bike. Eso hay que promocionarlo como un valor-país, tomando en cuenta que hasta en el patio de la "señora Juanita" podríamos perfectamente encontrarnos con una llama o un puma (un chupacabras, incluso).
Es una pequeña muestra en el ámbito de la arquitectura del chilean way of life, como le dicen.
También me llamó profundamente la atención lo agradable que es Santiago, con casas en la cordillera y vecinos que apenas se divisan detrás de setos o arboledas, a salvo de miradas indiscretas o siquiera de saber de su existencia, qué más querría uno. Muy lejos de todo aquello que muestran las noticias con transantiago y todo, para qué decir con respecto a todos esos barrios que hay que recorrer para llegar a la misma bienal. Mejor ni hablar de eso.
En resumen, la gente común y corriente cada vez vive menos en las ciudades y opta por construirse amplias casas en hormigón a la vista a media cordillera, lejos de toda esa sucia, desordenada y ruidosa selva de gente sudorosa y de malos modales. Eso es precisamente lo que han sabido interpretar los arquitectos seleccionados en la muestra, con su exquisita sensibilidad, proyectando edificios limpios y sin malos modales. Mucha urbanidad, poco urbanismo. Esto se puede apreciar en las fotos con bastante claridad, porque también se han preocupado de tener la deferencia (muy agradecida) de sacar a cualquier atisbo de gente fuera del ámbito de la cámara, asi que tenemos -felizmente- perspectivas donde podemos apreciar lo único que importa: la fachada en sí misma, la obra en su magnificencia. La gente llegará después, siempre a ensuciar el diáfano lienzo que nos esforzamos tanto en pintar.
Qué pena que ya no se estile colocar el nombre del arquitecto en las fachadas, así podríamos darle un toque de humanidad a esto, aunque no es que se eche de menos, para qué andamos con cuentos.
La única sensación que me queda es de cierta incomodidad de vivir en una realidad bastante lejana a lo que se muestra en la bienal, esto de sentirse marginal nunca es fácil, en particular cuando uno está tan lejos de esa realidad real que se muestra en los stands.

Bueno, no se puede negar que la nueva arquitectura es bastante higiénica...
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